viernes, abril 2

Lluvia-Mary Oliver/traducido junto a Martín Armada


1

Toda la tarde llovió, después
un gran poder descendió de las nubes
en un hilo amarillo,
tan autoritario como se supone que es Dios.
Cuando golpeó el árbol, el cuerpo de ella
se abrió para siempre.

2 El Pantano

Anoche, en la lluvia, algunos hombres treparon
el alambre de púa del centro de detención
En la oscuridad se preguntaron si podrían hacerlo, y supieron
que tenían que intentar hacerlo.
En la oscuridad treparon el cerco, puñado tras puñado
de alambre de púa.
Incluso en la oscuridad, a la mayoría los atraparon
y los encerraron de nuevo.
Pero algunos todavía están trepando el alambre de púa, o cruzando
el pantano azul del otro lado.

¿Cómo se siente el alambre de púa cuando lo agarrás, como si
fuera una hogaza de pan o un par de zapatos?
¿Cómo se siente el alambre de púa cuando lo agarrás, como si
fuera un plato y un tenedor o un ramo de flores?
¿Cómo se siente el alambre de púa cuando lo agarrás, como si
fuera la manija de una puerta, papeles de trabajo, una sábana limpia
que querés echarte sobre el cuerpo?


3

O esto: un día de lluvia, mi tío
sobre un colchón de flores,
frío y roto,
arrastrado desde el auto abandonado
con su tapón de trapos y el brillo
de la manguera. Mi padre
gritó,
después vino la ambulancia,
después miramos a la muerte,
después la ambulancia se lo llevó.
Desde la galeria de la casa
me di vuelta de nuevo
buscando a mi padre, que se había quedado,
que todavía estaba parado entre las flores
que era ese hombre embarrado e inmóvil
que era esa pequeña figura en la lluvia.

4 Temprano, Mi cumpleaños

En los trineos rosas de sus cuerpos, los caracoles se están moviendo
entre las flores azules.
La araña está dormida entre los pulgares rojos
de las moras.
¿Qué debería hacer, qué debería hacer?

La lluvia es lenta.
Los pequeños pájaros están vivos en ella.
Incluso los cascarudos.
Las hojas verdes beben a lengüetazos.
¿Qué debería hacer, qué debería hacer?

La avispa está sentada en la galeria de su castillo de papel.
La garza azul flota más allá de las nubes.
Los peces saltan, todo arco iris y boca, en el agua oscura.

Esta mañana, las lilas de agua no son menos lindas, pienso,
que las lilas de Monet.
Y ya no sé si quiero más ser útil, ser dócil, conducir
a los niños fuera del campo hacia el texto
de la civilidad, enseñarles que son (que no son) mejores
que el pasto.

5 En el Borde del Océano

He escuchado esta música antes
dijo el cuerpo.

6 El Jardín

La manga
fruncida del repollo,
la campana hueca
del ají,
la cebolla laqueada.

Remolachas, ortiga, tomates,
chauchas.

Entré y puse todo
sobre la mesada: cebollines, perejil, pepino,
el zapallo como una nube pálida,
arvejas en sus zapatos de seda, el maíz resplandeciente
empapado de lluvia.

7 El bosque

De noche
bajo los árboles
la serpiente negra
repta hacia delante
frotando
con aspereza
los tallos de las sanguinarias,
las hojas amarillas,
pequeñas corteza de canto rodado
se desprenden
de la vida vieja.
No sé
si ella sabe
lo que está sucediendo.
No sé
si ella sabe
que funcionará.
A la distancia
la luna y las estrellas
dan una luz tenue.

A la distancia
el búho llama.
La serpiente sabe
que estos son los bosques del búho,
que estos son los bosques de la muerte,
que estos son los bosques de las privaciones,
donde uno vive el la corteza de los árboles,
donde uno se tiende entre las ramas salvajes
y ellas no pueden soportar tu peso,
donde la vida no tiene propósito
y no es civil ni inteligente.

Donde la vida no tiene propósito
y no es civil ni inteligente
empieza
a llover
empieza
a oler como el cuerpo de las flores.
En la nuca
la piel vieja
se parte.
La serpiente tiembla
pero no duda.
Avanza lentamente,
comienza a sangrar
como el satén.

viernes, marzo 26

22 Long Rifle



Otra bala más se clavó en la pila de madera. Sobre las marcas del tiro al blanco, el destino era una pieza de vals sin música. Lo único claro, por ese tiempo, era golpear sobre la punta suave de un percutor anular –lo hacía por el gusto de sentir el olor a pólvora un segundo después de ver salir una estela de humo. Los ritos de batalla, detrás de su máscara de violencia, guardaban secretos sutiles que los que disparaban protegían como beatos. La pólvora la hacía pensar en el aroma suave del fósforo quemado de las tareas de la casa y en las osamentas secas que traían los perros a la mañana. Encender la salamandra en invierno, hacer repiquetear el tanque de agua para los baños de la noche. Sobre el escritorio había un container de municiones importadas, cien cartuchos prolijamente dispuestos sobre sus orificios bajo la etiqueta azul de 22 long rifle. Contó once adentro del cargador sin furia y se encaramó apoyándose contra la estructura de hierro que sostenía la parra. Disparó contra las hojas del diario inglés, sobre las páginas de la sección de deportes, sobre las fotografías atléticas de los tenistas. Hacía buenas agrupaciones a pesar del mal pulso. Apoyaba el arma contra el hombro, en la parte de adentro, y después de tirar sentía la tensión sobre el músculo. A veces la tirantez se convertía en un dolor agudo, y otras en un calambre enérgico que le impedía levantar el brazo. Igual continuaba, y recién cuando la recámara estaba vacía, se acercaba a mirar por donde habían entrado las balas, corría la página, apoyaba las yemas sobre la madera buscando el orificio redondo, distinto de las estrías naturales del tronco y del hacha. Cada detonación era un bálsamo. Aún cuando de noche el ruido de las percusiones la hiciera soñar con estampidas que pasaban destruyéndolo todo –a veces eran búfalos, otras simplemente ciervos. Las noches aterradoras, sin embargo, soñaría con pequeños conejos blancos: gazapos que podrían no haber tenido más tamaño que el de un terrón de azúcar. Disparó durante varios días seguidos y de noche, cuando durmió, hubo animales. Por primera vez, se sentía la doble silvestre de sí misma y descendía de la pólvora quemada.

domingo, marzo 21


Meditaciones en una emergencia/Frank O´Hara*

Estaré por empezar a derrochar como una rubia? O por volverme religioso como si fuera francés?

Cada vez que me rompen el corazón me siento más aventurero (y los mismos nombres recurrentes vuelven a aparecer en esa lista interminable!), pero uno de estos días no va a quedar nada por lo cual aventurarse.

Porqué debería compartir con vos? Porqué no te deshacés de alguien más para cambiar?

Soy el menos complicado de los hombres. Todo lo que quiero es amor sin límites.

Hasta los árboles me entienden! Dios mío, me acuesto debajo suyo, también, no? Soy como una pila de hojas.

De todas formas, nunca me atasqué con las alabanzas de la vida pastoral, ni con nostalgia por el pasado inocente de los actos perversos en las pasturas. No. Uno no necesita salir de New York. Esos deseos de verdor— no puedo ni disfrutar de una hoja de hierba a menos de que sepa que hay un subte a mano, o una disquería o algun otro signo de que la gente no se arrepiente totalmente de la vida. Es más importante afirmar a los menos sinceros. Las nubes obtienen suficiente atención de la forma en qué es y siguen pasando igual. Saben lo que se pierden? Uh huh.

Mis ojos son de un azul vago, como el cielo, y cambian todo el tiempo,
los incriminan pero flotan, por completo específicos y desleales, para que nadie confíe en mí. Eso me inquieta y me hace infeliz, pero no puedo hacerlos quedarse quietos. Si al menos tuviera ojos grises, verdes, negros, marrones o amarillos, entonces me quedaría en casa y haría algo. No es que me dé curiosidad. Al contrario, me aburre pero es mi deber ser atento, hay cosas que requieren de mí –así como el cielo debe estar sobre la tierra. Y últimamente, su ansiedad se ha vuelto tan grande que no puedo permitirme ni dormir un poco.

Ahora hay un único hombre al que quiero besar cuando no se afeita. Heterosexualidad! Estás cerca de un modo inexorable. (Por qué no decepcionarte mejor?)

St. Serapion, me cubro con la toda de tu testimonio que es como la medianoche en Dostoevsky. Cómo fue que me volví una leyenda, querido? Probé el amor, pero eso te mantiene cerrado en el pecho de alguien y yo estoy siempre abriéndome como un loto- el éxtasis de estar siempe estallando hacia delante! (pero uno debe distraerse por ella!) o como un jacinto, “mantener la mugre de la vida alejada”, sí, incluso en el corazón, donde la mugre late y calumnia y contamina y determina. Voy a hacer mi voluntad, aunque me vuelva famoso por un vacío misterioso en el departamento, en la casaverde.

Destruíte si no sabés!

Es fácil ser hermoso, es dificil aparentarlo. Te admiro, amor, por la trampa que tendiste. Es como un último cápitulo que nadie lee porque la intriga ya terminó.

"Fanny Brown es una fugitiva –corriendo con una corneta de caballo, adoro a la pequeña Minx, y espero que sea feliz, a pesar de que me haya sacado de quicio por haber estallado demasiado— pobre idiota Cecchina! O F:B: como solíamos decirle.—Ojalá le hubieran dado una buena paliza y 10,000 libras” - Señora Thrale.

Tengo que salir de acá. Elijo un pedazo de chal y mis sandalias más sucias. Voy a volver, re-emerger, vencido, desde el valle; no querés que vaya a donde vos vas, así que voy a donde no me querés. Es sólo el atardecer, todavía queda mucho. No va a haber ninguna carta abajo. Dandome vuelta, escupo en la cerradura y perilla cede.

* esta traducción es una corazonada, nomás.

jueves, marzo 18

viernes, marzo 12

Días de Roma/Gerard Malanga*

Días llenos de nada
Días de cielo limpio y temperatura descendente
Días sin llamadas o con llamadas todas número equivocado
Está sucediendo
Días de 1967 llegando al final de la condición
de las gotas
para el frío y la tos en el pecho
Días con tardes en la vida de una mujer joven
que no está a tiempo
Días donde estalla soñar despierto
Días de frustración plena
Días en que maldicen mi película y a mí
con una maldición que nunca se levanta
Días con las ventanas cerradas para mantener el frío
separado del calor del living
Días de saltear el almuerzo por una llamada de teléfono
con un cambio de planes para el día
Días de despachar cartas
Días sin correspondencia
Días de fatiga y estar puesto de anfetaminas
Días de Charles Edward Ives
Días de las 4.00 p.m sintiéndome miserable
Días de usar drogas para desafiar el frío común
Días de frustración plena
Días de olvidarse.

*es el único poema que encontré cuando vi esto debajo del nombre de Cecilia Pavón en Gtalk: “i love gerard malanga and his fashion poems”

miércoles, marzo 3

Algo de 2009, cuando Noe esperaba su bebé

Una amiga escribió una canción de cuna para el divorcio de Angelina y Billy Bob donde hablaba del amor franco y el zigzag de las instituciones. Para el casamiento de su amiga Anita, algunos años antes, había traducido una serie de poemas sobre el matrimonio en versión libre y, aunque nunca los publicó, el otro día, a propósito de un poema de Carver sobre limones y helicópteros, leímos algunos en voz alta. Estaba también la poeta embarazada y, en los momentos de silencio que le ganábamos a la batalla doméstica, corregíamos el libro que prepara. Va a llamarse Colecho, su libro, que es una palabra que quiere decir catre o cama pero no es lo mismo. La eligió porque sus poemas hablan de las cosas comunes enrarecidas, como cuando para sugerir que lo que arde se derrumba, escribe versos que dicen: “el día que la cuerda afloja para nuestro lado…” Creo que fue por esa frase que nos acordamos de haber leído, las tres juntas también, un texto en prosa, escrito para el segundo casamiento de Anita, donde decía “duren y ardan”. Ese día habíamos hablado, después, de lo difícil que era arder y durar y cómo el tiempo le daba al amor el efecto que tiene una nueva letra sobre una melodía antigua una vez lejos los clubes de Greenwood Village. Es cierto ¿no? A la distancia no todo son entonaciones difíciles y altamente eficaces.

domingo, febrero 28

Retrato correctivo para una familia literaria

Ese verano el fuego prendía en cualquier parte. Una lupa necesitaba un sólo rayo de sol para echar a arder un campo entero, para hacer subir el humo repiqueteante que ponía a bailar las chispas en el pasto alto. Fue nuestra última temporada de novios y con Mauro viajamos por ciudades con hoteles, ciudades costeras, de vacaciones. Era el cruce de años que iba del 08 al 09 y se conmemora con su cambio de casas: del jardín de Gurruchaga al fondo con Mardu en voz alta, al departamento nuevo de Ugarteche donde se susurra. En mi mochila viajaron los broches y las piolas con los cuentos de Carson MacCullers, en la de él casi nada más libros –aunque a la distancia solo me acuerdo de los inolvidables. Hasta que lleguemos a La Paloma, todo va a suceder sin sorpresas: la piel al rojo vivo, las biabas saladas con espuma, el viento que trae nubes de mosquitos desesperados –una ola que te revuelca, otra ola que te deja desnudo. Pero ahí vamos a encontrar una librería de saldos que va a cambiar todo. En esa ciudad vamos a comprar todos los libros que podamos: más de los que podamos cargar, mucho más de lo que podamos pagar seguro. Entrecortados por la luz, vamos a caminar por el pueblo cargados y en ojotas, como intérpretes de una coreografía lánguida. Vamos a cambiar los pasajes para volver antes, vamos a ser verdaderamente felices –de hojarasca en hojarasca vamos a llegar de nuevo a Montevideo. Y ahí, cansados del viaje y de nosotros mismos, vamos a encontrar esos libritos sutiles, delicados, llenos de gracia que un año más tarde van a llegar a Buenos Aires. Mauro va a tomar uno, al azar, y me va a leer la primera página en voz alta: el libro se llama Horas Puente, y el principio no puedo trascribirlo porque es un libro que leí y regalé –y que él seguiría, con el tiempo, regalando muchas veces. Yo vi su cara: la descarga: algo parecido al amor y a la electricidad que llegaba hasta la base de la columna. No teníamos dinero y salimos. Después vino el invierno y fue gris, nos separamos y estuvimos muy tristes. Los objetos tomaron un tinte solemne, y cambió el destino de las habitaciones. Cuando llegó de nuevo el verano cayo polen de los árboles y la superficie del agua se cubrió de una película amarilla finísima y liviana. Yo vine a pasar Navidad al campo, y volví a Buenos Aires unos días antes del año nuevo –el 31 a la mañana salíamos para Brasil. Lo llamé a Mauro para despedirme y le pedí que me acompañara a comprar algunos libros para el viaje –fue al año de Ugarteche, antes del cruce del departamentos de Malabia. Mientras caminábamos por la avenida, me dijo que tenía una sorpresa: había llegado la colección de libritos. La editorial se llamaba Hum, y el autor de Horas Puente era Ercole Lissardi. Bueno, en realidad, ese era el seudónimo de un señor gordo que, aún no lo sabíamos, Mauro iba a entrevistar unos meses más tarde. Los libros trazan raros signos de continuidad afectiva entre las personas: Horas Puente era parte de una trilogía donde en un tiempo recuperado yo estaba contagiada de emoción y loca de contenta. Entramos a una librería y Mauro me alcanzó los tres: Horas, Los Secretos y Ulisa –en dos días él los había leído todos. Yo encontré uno más, y lo compré también: cuando salimos de la librería, me dijo que ese no lo tenía, que si en el viaje los iba a leer todos o si se lo prestaba. El 5 de Enero era su cumpleaños, y era la primera vez en varios años que yo iba a estar muy lejos, con esa distancia doble de los que se acostumbran a un nuevo sistema de lealtades. Entonces lo saqué de la bolsa y se lo di. Le dije Feliz Cumpleaños, y nos abrazamos fuerte en la esquina, en puntas de pie como hacíamos siempre.El último cuadro del amor era una danza lenta y nuestra sombra bailaba sin escándalo sobre el asfalto.

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