domingo, marzo 21


Meditaciones en una emergencia/Frank O´Hara*

Estaré por empezar a derrochar como una rubia? O por volverme religioso como si fuera francés?

Cada vez que me rompen el corazón me siento más aventurero (y los mismos nombres recurrentes vuelven a aparecer en esa lista interminable!), pero uno de estos días no va a quedar nada por lo cual aventurarse.

Porqué debería compartir con vos? Porqué no te deshacés de alguien más para cambiar?

Soy el menos complicado de los hombres. Todo lo que quiero es amor sin límites.

Hasta los árboles me entienden! Dios mío, me acuesto debajo suyo, también, no? Soy como una pila de hojas.

De todas formas, nunca me atasqué con las alabanzas de la vida pastoral, ni con nostalgia por el pasado inocente de los actos perversos en las pasturas. No. Uno no necesita salir de New York. Esos deseos de verdor— no puedo ni disfrutar de una hoja de hierba a menos de que sepa que hay un subte a mano, o una disquería o algun otro signo de que la gente no se arrepiente totalmente de la vida. Es más importante afirmar a los menos sinceros. Las nubes obtienen suficiente atención de la forma en qué es y siguen pasando igual. Saben lo que se pierden? Uh huh.

Mis ojos son de un azul vago, como el cielo, y cambian todo el tiempo,
los incriminan pero flotan, por completo específicos y desleales, para que nadie confíe en mí. Eso me inquieta y me hace infeliz, pero no puedo hacerlos quedarse quietos. Si al menos tuviera ojos grises, verdes, negros, marrones o amarillos, entonces me quedaría en casa y haría algo. No es que me dé curiosidad. Al contrario, me aburre pero es mi deber ser atento, hay cosas que requieren de mí –así como el cielo debe estar sobre la tierra. Y últimamente, su ansiedad se ha vuelto tan grande que no puedo permitirme ni dormir un poco.

Ahora hay un único hombre al que quiero besar cuando no se afeita. Heterosexualidad! Estás cerca de un modo inexorable. (Por qué no decepcionarte mejor?)

St. Serapion, me cubro con la toda de tu testimonio que es como la medianoche en Dostoevsky. Cómo fue que me volví una leyenda, querido? Probé el amor, pero eso te mantiene cerrado en el pecho de alguien y yo estoy siempre abriéndome como un loto- el éxtasis de estar siempe estallando hacia delante! (pero uno debe distraerse por ella!) o como un jacinto, “mantener la mugre de la vida alejada”, sí, incluso en el corazón, donde la mugre late y calumnia y contamina y determina. Voy a hacer mi voluntad, aunque me vuelva famoso por un vacío misterioso en el departamento, en la casaverde.

Destruíte si no sabés!

Es fácil ser hermoso, es dificil aparentarlo. Te admiro, amor, por la trampa que tendiste. Es como un último cápitulo que nadie lee porque la intriga ya terminó.

"Fanny Brown es una fugitiva –corriendo con una corneta de caballo, adoro a la pequeña Minx, y espero que sea feliz, a pesar de que me haya sacado de quicio por haber estallado demasiado— pobre idiota Cecchina! O F:B: como solíamos decirle.—Ojalá le hubieran dado una buena paliza y 10,000 libras” - Señora Thrale.

Tengo que salir de acá. Elijo un pedazo de chal y mis sandalias más sucias. Voy a volver, re-emerger, vencido, desde el valle; no querés que vaya a donde vos vas, así que voy a donde no me querés. Es sólo el atardecer, todavía queda mucho. No va a haber ninguna carta abajo. Dandome vuelta, escupo en la cerradura y perilla cede.

* esta traducción es una corazonada, nomás.

jueves, marzo 18

viernes, marzo 12

Días de Roma/Gerard Malanga*

Días llenos de nada
Días de cielo limpio y temperatura descendente
Días sin llamadas o con llamadas todas número equivocado
Está sucediendo
Días de 1967 llegando al final de la condición
de las gotas
para el frío y la tos en el pecho
Días con tardes en la vida de una mujer joven
que no está a tiempo
Días donde estalla soñar despierto
Días de frustración plena
Días en que maldicen mi película y a mí
con una maldición que nunca se levanta
Días con las ventanas cerradas para mantener el frío
separado del calor del living
Días de saltear el almuerzo por una llamada de teléfono
con un cambio de planes para el día
Días de despachar cartas
Días sin correspondencia
Días de fatiga y estar puesto de anfetaminas
Días de Charles Edward Ives
Días de las 4.00 p.m sintiéndome miserable
Días de usar drogas para desafiar el frío común
Días de frustración plena
Días de olvidarse.

*es el único poema que encontré cuando vi esto debajo del nombre de Cecilia Pavón en Gtalk: “i love gerard malanga and his fashion poems”

miércoles, marzo 3

Algo de 2009, cuando Noe esperaba su bebé

Una amiga escribió una canción de cuna para el divorcio de Angelina y Billy Bob donde hablaba del amor franco y el zigzag de las instituciones. Para el casamiento de su amiga Anita, algunos años antes, había traducido una serie de poemas sobre el matrimonio en versión libre y, aunque nunca los publicó, el otro día, a propósito de un poema de Carver sobre limones y helicópteros, leímos algunos en voz alta. Estaba también la poeta embarazada y, en los momentos de silencio que le ganábamos a la batalla doméstica, corregíamos el libro que prepara. Va a llamarse Colecho, su libro, que es una palabra que quiere decir catre o cama pero no es lo mismo. La eligió porque sus poemas hablan de las cosas comunes enrarecidas, como cuando para sugerir que lo que arde se derrumba, escribe versos que dicen: “el día que la cuerda afloja para nuestro lado…” Creo que fue por esa frase que nos acordamos de haber leído, las tres juntas también, un texto en prosa, escrito para el segundo casamiento de Anita, donde decía “duren y ardan”. Ese día habíamos hablado, después, de lo difícil que era arder y durar y cómo el tiempo le daba al amor el efecto que tiene una nueva letra sobre una melodía antigua una vez lejos los clubes de Greenwood Village. Es cierto ¿no? A la distancia no todo son entonaciones difíciles y altamente eficaces.

domingo, febrero 28

Retrato correctivo para una familia literaria

Ese verano el fuego prendía en cualquier parte. Una lupa necesitaba un sólo rayo de sol para echar a arder un campo entero, para hacer subir el humo repiqueteante que ponía a bailar las chispas en el pasto alto. Fue nuestra última temporada de novios y con Mauro viajamos por ciudades con hoteles, ciudades costeras, de vacaciones. Era el cruce de años que iba del 08 al 09 y se conmemora con su cambio de casas: del jardín de Gurruchaga al fondo con Mardu en voz alta, al departamento nuevo de Ugarteche donde se susurra. En mi mochila viajaron los broches y las piolas con los cuentos de Carson MacCullers, en la de él casi nada más libros –aunque a la distancia solo me acuerdo de los inolvidables. Hasta que lleguemos a La Paloma, todo va a suceder sin sorpresas: la piel al rojo vivo, las biabas saladas con espuma, el viento que trae nubes de mosquitos desesperados –una ola que te revuelca, otra ola que te deja desnudo. Pero ahí vamos a encontrar una librería de saldos que va a cambiar todo. En esa ciudad vamos a comprar todos los libros que podamos: más de los que podamos cargar, mucho más de lo que podamos pagar seguro. Entrecortados por la luz, vamos a caminar por el pueblo cargados y en ojotas, como intérpretes de una coreografía lánguida. Vamos a cambiar los pasajes para volver antes, vamos a ser verdaderamente felices –de hojarasca en hojarasca vamos a llegar de nuevo a Montevideo. Y ahí, cansados del viaje y de nosotros mismos, vamos a encontrar esos libritos sutiles, delicados, llenos de gracia que un año más tarde van a llegar a Buenos Aires. Mauro va a tomar uno, al azar, y me va a leer la primera página en voz alta: el libro se llama Horas Puente, y el principio no puedo trascribirlo porque es un libro que leí y regalé –y que él seguiría, con el tiempo, regalando muchas veces. Yo vi su cara: la descarga: algo parecido al amor y a la electricidad que llegaba hasta la base de la columna. No teníamos dinero y salimos. Después vino el invierno y fue gris, nos separamos y estuvimos muy tristes. Los objetos tomaron un tinte solemne, y cambió el destino de las habitaciones. Cuando llegó de nuevo el verano cayo polen de los árboles y la superficie del agua se cubrió de una película amarilla finísima y liviana. Yo vine a pasar Navidad al campo, y volví a Buenos Aires unos días antes del año nuevo –el 31 a la mañana salíamos para Brasil. Lo llamé a Mauro para despedirme y le pedí que me acompañara a comprar algunos libros para el viaje –fue al año de Ugarteche, antes del cruce del departamentos de Malabia. Mientras caminábamos por la avenida, me dijo que tenía una sorpresa: había llegado la colección de libritos. La editorial se llamaba Hum, y el autor de Horas Puente era Ercole Lissardi. Bueno, en realidad, ese era el seudónimo de un señor gordo que, aún no lo sabíamos, Mauro iba a entrevistar unos meses más tarde. Los libros trazan raros signos de continuidad afectiva entre las personas: Horas Puente era parte de una trilogía donde en un tiempo recuperado yo estaba contagiada de emoción y loca de contenta. Entramos a una librería y Mauro me alcanzó los tres: Horas, Los Secretos y Ulisa –en dos días él los había leído todos. Yo encontré uno más, y lo compré también: cuando salimos de la librería, me dijo que ese no lo tenía, que si en el viaje los iba a leer todos o si se lo prestaba. El 5 de Enero era su cumpleaños, y era la primera vez en varios años que yo iba a estar muy lejos, con esa distancia doble de los que se acostumbran a un nuevo sistema de lealtades. Entonces lo saqué de la bolsa y se lo di. Le dije Feliz Cumpleaños, y nos abrazamos fuerte en la esquina, en puntas de pie como hacíamos siempre.El último cuadro del amor era una danza lenta y nuestra sombra bailaba sin escándalo sobre el asfalto.

domingo, febrero 14

Después del primer susto/Ted Hughes

Me levanté y barajé mis opciones.
Evadí todos los pensamientos que cualquiera tendría
excepto el detenerse y volver a empezar
de la rueda de Catherine en el estómago.
La discusión me excedió muy rápido.
Cuando dije: “Civilización”.
Ella empezó a chasquear los dedos y a quejarse.
Cuando dije: “Sanidad, dos veces Sanidad, Sanidad por sobre todas las cosas”.
Se destripó a sí misma con un corte en forma de cruz.
Dejé de tratar de hablar.
Pero cuando empezó a adoptar un aire desdeñoso en su lucha de muerte
llegó la culpa.
Y cuando cubrieron su cara, me puse frío.

viernes, febrero 12

El canto de los gallos/Ted Hughes

Me detuve en una cima oscura, entre cimas oscuras –
abajo la marea del día separaba el cielo de la tierra,
la ostra
se abría para probar el oro.

Y escuché encender el canto de los gallos
bajo la bruma –
tenían sueño
hervían hondo en la caldera del valle.

Después uno o dos se lanzaron con claridad, como pirotecnia suave
que se hundía oscureciendo de nuevo.

Después subieron más fuerte, más radiante, más alto
y partieron la bruma,
como burbujas brillantes que llegan alto y estallan en la luz
iluminando la parte baja de las nubes,
las crestas de fuego de los gallos – los gritos con forma de hoz,
desafío tras desafío, respuesta tras respuesta,
se engancharon más alto,
treparon el cielo mientras se derretían
colgaron en llamas desde los flecos de la noche.

Hasta que todo el valle desbordó con el canto de los gallos,
una mezcla mágica y suave que hervía encima,
y se derramaba brillante en otros valles

como se arrojan herraduras de metal incandescente –
desde los cobertizos hasta los patios, los gallineros, las chacras
y se hunde de nuevo en la niebla -

hasta que murió la última chispa, y se pusieron pálidas las brasas
y el sol se metió en su bolsa mojada
para el trabajo del día

mientras el horizonte se ponía más duro
sobre el humo de los pueblos, desde los agujeros de la tierra.

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