Hace un año/El amor también
Hoy, mientras le leía a Alexia un cuento sobre una princesa con ojos de semáforo, me prengunté cuánto tiempo pasa hasta que relación decanta, sola, hasta el final. Pensé en mis papás, terminando desde el primer día y teniendo, sin embargo, hijos con una desprolijidad amorosa. Pensé en los papás de Alexia también, que se conocieron y se fueron a vivir juntos y tuvieron una beba preciosa que apareció en casa a los seis meses después de un accidente. Pensé en mis abuelos, casados desde hace cincuenta años, haciendo las palabras cruzadas a la hora de la siesta. Pensé ¿qué es el amor? El amor con atracción, sin atracción, como entre amigos, como fatalidad...Hace poco, en el patio, un amigo me dijo “no hay nada más triste que darse cuenta de la muerte del amor”. Entonces y aunque todavía no entendía muy bien qué era el amor, sentí esa tristeza, la de la muerte del amor. Él también entendió cuando le conté que para mí, el amor no se moría en realidad y me explicó que esa prolongación del amor era el cariño que quedaba después entre las personas que se habían querido mucho. Se me pusieron los ojos como a la princesa del cuento, verdes-enormes y brillantes pero no me animé a llorar. Igual, pensé -en silencio-, cuánta más tristeza me daba entonces el cariño que la muerte del amor.Cuando llegué a casa busqué, entre mis libros de poesía, algún poema que hablara del amor. No me acordaba de haber leído ninguno que me hubiera gustado mucho. Me di cuenta de que no había leído muchos poemas de amor. De casualidad encontré ese poema de Marina, uno de los últimos de su librito blanco que se llama Crows. Lo que más me llamó la atención es que recordaba haberlo leído con una amiga hacia mucho tiempo y que me había gustado especialmente porque hablaba de los Counting Crows, una banda que esa amiga y yo, en nuestra adolescencia, habíamos escuchado sabiendo, como Marina en el poema, que era una banda que la gente olvidaría en serio. También me di cuenta de que apenas había prestado atención a que tenía una dedicatoria -dos iniciales- y que era un poema de amor, que hablaba del amor y que, además, hablaba de un amor en particular.Durante los días que siguieron le leí el poema a varias personas. Había encontrado una respuesta posible al problema del amor. Cierta levedad, en el poema, me tranquilizaba. Un sentimiento adolescente lo llamé, por una semana más o menos. Crows era mi hit del mes. Estaba encantada con ciertas imágenes que me hacían acordar al oso haciendo pis en la nieve del poema de Roberta Ianamico.El fin de semana, en el campo, durante una conversación telefónica, alguien me dijo “no quiero sonar fascista” y yo me acordé: supo que años más tarde, en una salida de chicas bien vestidas alguien diría “la vida es fascista”... Eso era lo que decía en Crows. Y aunque al principio no supe muy bien por qué, tuve un minuto de máxima tristeza. Ganas de llorar, aunque no hubiera nadie para ahí mirarme. El amor es fascista, pensé y corté el teléfono paralizada por esa revelación.La princesa del cuento estaba atrapada en un castillo de arena, con cuatro torres y un puente levadizo de cartón. Gritaba ¡Socorro, socorro! ¡Saquéenme de aquí! Era presa de un rey muy malo que quería obligarla a que se casara con él. La princesa lloraba encerrada en una torre con los ojos de semáforo llenos de lágrimas. Uno nunca sabe donde quedan los castillos de los cuentos, tampoco en qué tiempo pero el amor, el amor es fascista, me repetí.Una gota cayó justo en el botón del cuello de mi blusa. El amor es fascista, anoté en un cuaderno medio minuto después y dibujé dos guardias corpulentos, uno a cada lado de mi frase para que no dejaran que se escape- aunque yo la tuviera todo el tiempo en la punta de la lengua.Esa noche sentí que podía dedicarme el resto de la vida a inventar soluciones para salvar al amor. O escribir un poema, yo también que empezara preguntando, por ejemplo ¿qué quiere decir en un poema una posible derivación sexual?, y ser capaz de contestar: el amor no es fascista, es apenas un castillo, de arena en la playa con una princesa en una torre y un montón de caballeros con escarbadientes pinchudos y un dragón que larga fuego por la nariz que no la quieren dejar ir.
Al final escribí:
El amor es un castillo, de arena en la playa con una princesa en una torre.Un montón de caballeros con escarbadientes pinchudos y un dragón que larga fuego por la nariz no la quieren dejar ir.El amor es fascista.
Actuamos de acuerdo a nuestros rudimentos, desde la primera caza de conejos.
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5 comentarios:
crows es también para mí unos de los poemas preferidos
esto es pre-cio-sí-si-moo y la hija de la desprolijidad amorosa de tus padres más.
alegría que ya estás!
estás?
vos llorabas, pero cómo dejar partir a alguien?
mi corazón es fascista
me encanta releer este texto maravilloso.
empiezo a creer también que el amor es fascista.
más que fascista,
el amor parece egoísta,
contradictoriamente egoísta.
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